miércoles, 23 de febrero de 2011

UN ELEFANTE EN UN BAZAR

Héctor Timerman

Raquel E. Consigli
Horacio Martínez Paz

Hace casi medio siglo se fundó en Buenos Aires el Instituto de Servicio Exterior de la Nación (ISEN), cuya función es formar y capacitar a los diplomáticos argentinos para cumplir la delicada tarea de representar al país en el exterior. Ellos le llaman "la escuelita" y para ingresar es obligatorio un título universitario y dos idiomas. Los cursos del instituto duran dos años. De allí egresan con el "grado" de agregados, y como tales se deben desempeñar dos años más en Buenos Aires. Finalizado ese período pueden salir al exterior con el nivel de secretarios (¿de tercera?). En definitiva, profesionales universitarios que tuvieron cuatro años de instrucción para pretender su primera salida al exterior.

Como en otras partes, no todos los embajadores argentinos son de carrera. La ley de servicio exterior contempla en su artículo 5 la posibilidad de nombrar embajadores políticos con un límite en el número, aunque nadie ha abusado más de ese artículo que este gobierno. Tanto el canciller como aquellos embajadores destinados a ciertas capitales del mundo, son generalmente designados directamente por el poder ejecutivo nacional, sin haber pisado el Isen, ya que se trata en su mayoría de “premios” o “favores” por ciertos servicios prestados.

En los últimos años, los diplomáticos argentinos han dejado mucho que desear. Jorge Taiana, ex canciller, fue un militante montonero acusado de haber puesto una bomba en un bar, hecho en el que murieron dos personas.

Carlos Bettini, ex embajador en España, revistó también en la organización montoneros con el nombre de guerra “soldado Emilio”, matando por la espalda al capitán Jorge Bigliardi, que era su amigo y estaba armado con unas cajas de ravioles y un pequeño hijo de la mano.

El ex embajador menemista ante la Santa Sede y actual senador por el partido de Silvio Berlusconi, Esteban Caselli, ha sido acusado recientemente de haber adulterado boletas para acceder a su banca en la cámara alta italiana. La justicia de ese país lo investiga por presunto fraude electoral.

Tal vez el caso más resonante de los últimos meses ha sido la “embajada paralela” en Venezuela, denunciada por el ex embajador -de carrera- Eduardo Sadous. Según el diplomático, el ministro de planificación argentino Julio De Vido capitaneaba las relaciones directas con el gobierno de Caracas, en las que imperaba el pago de altas coimas para comerciar con el país caribeño.

Durante la presidencia de Néstor Kirchner, la embajada argentina en México fue ocupada por Jorge Yoma, ex cuñado de Carlos Menem, quien no dejó un recuerdo afortunado de su paso por esa sede. A Yoma le sucedió Patricia Vaca Narvaja, actual embajadora en la capital azteca, a quien se la premió por su esforzada labor, en diversos ámbitos, en beneficio del matrimonio Kirchner.

Sin embargo, el que se lleva todos los aplausos es el actual titular del Palacio San Martín, Héctor Timerman. Fanático de los nuevos sistemas de comunicación, el canciller pasa parte de sus días comunicándose con su audiencia virtual vía “twitter”, mientras desafía, cual espadachín de película, a quien ose cuestionar su forma de entender las relaciones exteriores. Las torpezas del canciller, que se mueve como un elefante en un bazar, han sido objeto de frecuentes artículos periodísticos en medios nacionales y extranjeros. El caso del avión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos –que hoy es objeto de cierta preocupación para el país del norte- es sólo uno de ellos.

Mientras Brasil, Chile y Uruguay se preparan para el futuro, habiendo comprendido lo que son las relaciones con los demás países del orbe, Argentina se encierra en su “dorado aislamiento”, en una posición intolerante y anacrónica, con decenas de elefantes (con perdón de los animales) tratando asuntos de extrema delicadeza, lo que revela el desconocimiento y la impronta egoísta y malintencionada de la gestión K que, irremediablemente, resultarán nefastos para la inconsulta ciudadanía argentina.

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